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lunes, 23 de enero de 2017

La trabajadora




Anita vuelve del ambulatorio y se tropieza con un hombre frente al portal. Éste le pide ayuda porque no sabe qué hacer, se ha encontrado este dinero, quiere ir a la policía...Pero Anita es arisca y además está cansada. Quizás no piensa en un timo. Ella quiere entrar en casa y evita al hombre y le dice que no le puede ayudar.
Ya en casa ha dejado el bolso y se ha quitado el abrigo. Llama al telefonillo una mujer que dice que viene del centro de salud. Anita le abre porque piensa que es la trabajadora que ayuda a Carmen la del 4º. La trabajadora sube hasta su casa y Anita insiste en que ella no tiene nada pendiente con el centro de salud. De hecho acaba de venir de allí. Pero la mujer dice que sí, que le tiene que hacer preguntas y la agarra del brazo y se la lleva hasta el fondo de la casa, hasta la sala, allí donde está Miguel tirado en el sofá que ahora además es su cama. La trabajadora parece asustada, quizás sólo sorprendida. Pero mientras Miguel tose y tose y hace por incorporarse, la mujer busca en su bolso una libreta y un bolígrafo, se sienta y empieza a preguntar. Anita y Miguel le cuentan lo que necesitan y también le cuentan lo que les parece que está muy bien.
Luego la mujer decide que ya es suficiente, cierra la libreta, se levanta y sale. Anita no alcanza a acompañarla a la puerta pero cuando llega allí y comprueba que ha cerrado, mira hacia su bolso y tiene un presentimiento. Busca su cartera y ve que falta el billete de cincuenta. Qué impresión. El corazón se le para. Vuelve hacia la sala y al pasar por el dormitorio observa que todo está revuelto. La ropa en el suelo, los cajones fuera ¡El joyero! piensa Anita. Recoge el joyero que está tirado y no encuentra el broche, aquel broche tan bonito y tan valioso que había sido de su suegra. ¡Qué disgusto, dios mío, el broche tan bonito y tan valioso de la madre de Miguel! ¿Cómo se lo va a decir ahora al hombre? Todo en su cabeza pasa ahora muy rápido. Ella piensa que nunca se puso aquel broche, porque nunca se pone nada. Cierto que su suegra nunca fue buena con ella. Pero el broche, tan valioso, qué hermoso era.
Cuando acude a Miguel ya llora y le dice que les han robado, los cincuenta euros y el broche. No había más, sabe ella. Entonces Miguel la llama tonta ¡Tonta! ¿Cómo dejas entrar a una ladrona en casa? ¿Cómo eres tan tonta? Y Anita, que está muy triste, se siente muy tonta. Luego habrá de recogerlo todo, ella sola, tan triste. Siente tanta vergüenza por ser tan tonta que ni siquiera nos lo dice a las vecinas. Ya lo dice Miguel, el que respondió con tanto gusto a todas las preguntas, el que disfrutó de esa fugaz visita: Sólo a ti te pueden engañar de una manera tan tonta.
Park Jung Eun

No es que Miguel no quiera Anita -me dice ella al cabo del tiempo, cuando me cuenta esto. Miguel no es malo, es sólo que tiene un carácter... esa ira... Ahora que está atado a esa cama, el mal humor lo corroe. Entiende Anita. Él siempre anduvo por ahí, dice Anita, trabajando y paseando. Le traía las cosas del mundo a Anita que siempre ha estado bien en casa, con sus gatas.
Ahora la edad les afecta y él que siempre quiso andar no anda y la que todo lo hacía en casa se enfrenta a un parkinson que crece y no le deja hacer como antes. Ayer Anita preparó un caldo, logró servirlo en el plato, se aplicó en desplazarlo hasta la mesa y al posarlo ¡plass! Se tumbó el plato. Y Miguel al verla, sorprendido, no alcanzó más que a decir ¿Es que estás tonta? Y Anita volvió a llorar. Sí estoy tonta, sí. Y ahí Miguel quiso animarla porque no importaba, decía él ¿Que no importa? ¿El caldo? Y Anita estalla en otro llanto, por el caldo, por estar tonta, por la edad, la imposibilidad.
A través de las paredes escucho a Miguel “¡Linda, linda, ven aquí!”. Habla con la gata, que también es muy vieja. Él ama a los gatos, a todos los animales. Como Anita. En eso son muy parecidos. Él compraba la comida. Anita limpiaba las cacas.


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