Ahora
ya no tomo las pastillas que me dio el psiquiatra. No estabilizaban
mi humor. Se suponía, me decía el doctor, que lo que iba a sentir
era cierta indolencia.
Yo hubiese seguido yendo al psiquiatra, probando otras dosis y medicaciones si el doctor que me atendía no se fuera del centro. Lo que no quería era ser atendida por otro. Yo quería seguir viéndolo a él.
Yo hubiese seguido yendo al psiquiatra, probando otras dosis y medicaciones si el doctor que me atendía no se fuera del centro. Lo que no quería era ser atendida por otro. Yo quería seguir viéndolo a él.
Brian Rea
En la primera consulta le expliqué que el motivo de mi depresión
era un desgaste anímico producido por un desamor... Y él anotó
"Amor obsesivo".
Desde
que la psicóloga me recomendó acudir a un psiquiatra me sentí
alterada, lloré, visité el mar, llamé a mis antiguos amantes.
Lloré cuando le pedí la cita a la médica de cabecera. Lloré
cuando recibí la cita en el centro de salud mental. Me entregaron mi
tarjeta de visitas y una nota, una cita, con el Dr. Barbudo. Lloré
más y reclamé
-
¿Dr. Barbudo? ¿No me puede atender una mujer? Al Dr. Barbudo
no lo quiero conocer porque los niños no quieren al hombre del
saco...
Luego
me calmé y acepté al hombre del saco.
El
Dr. Barbudo me hizo esperar en la primera cita. Cuando entré en
consulta él estaba de pie sobre la silla. ¿Quizás intentaba cerrar
una ventana, miraba la lámpara, espantaba una mosca? Se sentó,
habló, me miró, preguntó, anotó y no paró de hablar. En esta
primera cita yo me mantuve distante pero estaba fascinada por su
conversación. Me parecía tan gracioso e inteligente que me sentí
feliz. Preguntaba y anotaba.
-
¿Eres gallega? Disculpa, pensarás que es un prejuicio pero eso
tengo que anotarlo: me resulta más difícil diagnosticar una
depresión en un gallego que en un africano ¿Piensas en el suicidio?
-
No. Leo a suicidas pero no pienso en el suicidio. Yo
querría desaparecer. El suicidio me parece algo muy complicado.
Me pregunta a quien leo y cito a Celan, Pizarnik... Él añade a Silvia Plath. Le pido por favor que no me sugiera más nombres.
Me pregunta a quien leo y cito a Celan, Pizarnik... Él añade a Silvia Plath. Le pido por favor que no me sugiera más nombres.
El
doctor tiene en la mesa un libro sobre Marilyn Monroe. En algún
momento la cita por sus euforias y depresiones extremas.
-
Ahora que estás
deprimida ¿te sientes menos creativa? Te haremos unos análisis
para descartar que tengas algún problema de tiroides que suele
manifestar síntomas como los de la depresión.
Me
habla, me habla, me habla y yo me siento feliz. Me cuenta que él
está cubriendo una baja y que ya no estará allí cuando pase un
mes. Me receta Prozac y yo pienso para mí: ¡vaya, Prozac!
Vuelvo
a la semana para contarle. Me dice que en tan poco tiempo sólo puedo
sentir las contraindicaciones. Los análisis dicen que no tengo
problema de tiroides pero tengo anemia y falta de hierro. Yo mismo
noto que en esta segunda visita estoy más suelta, más abierta. Él
anota: gesticula más. Yo sé que es por la confianza. La consulta
vuelve a extenderse en el tiempo y hablamos, de las pastillas, de las
combinaciones, de drogas, de artistas, de Ghana, de mi distancia y mi
desconfianza. Mira sus notas y pregunta
-
¿Y cómo sigue tu amor obsesivo?
- Se
va pasando, claro.
- ¿Has
escrito más o menos estos días?
- Bah,
yo no escribo, yo sólo quiero dormir.
- Recuerda
que esta medicación no sirve para suicidarte pero puede traerte
pensamientos suicidas.
Hablábamos
y yo me reía y a veces también lloraba un poco. Me encantaba oírle
hablar, su cultura, su precisión con las palabras. Sobre todo me
gustaba que me hacía reír. Y también llorar.
-
Clara, no va a durar toda la vida.
¿No
tienes a quien odiar? Temporalmente ayuda.
¿Lo
saben tus padres? Verás,
yo soy de formación sistémica y le doy importancia a esas cosas.
-
Sí, supongo que mis hermanos se lo cuentan
-
¿Porqué no vas a verlos?
-Puede
ser peor. Mi madre siempre me dice “No Pienses Tanto”.
-
Como si fuera tan fácil ¿verdad? dice él. Es como acercarse a un
vagabundo y aconsejarle ¡Hazte rico!
Volví
al lunes siguiente y él llegó tarde. En la sala de espera sentí el
dolor de los otros locos. Recuerdo que el doctor me dijo: lo que tú
tienes para nosotros es un resfriado. También me dijo: ya sabes que
aquí sólo estamos para dar pastillas.
Al
entrar, el dr. Barbudo grita en la sala. ¡Clara! Vamos! Corre por el
pasillo y casi me cuesta seguirlo. Se disculpa al entrar en consulta
y enseña el justificante de que ha fallado el metro. Le cuento que
mis vecinos dicen haberme salvado la vida por la noche. Me dejé algo
al fuego y no me despertaba. Ellos entraron y yo seguí durmiendo. Le
digo que es por la medicación. Él dice que no porque esta
medicación quita el sueño.
-
¿Esto sólo es un catarro?
-
Sí -dice él- pero
duele.
Indolencia
es una palabra que tengo muy presente últimamente, frecuentemente.
El psiquiatra la usó. Indolencia. Se aplica a lo que no duele. Habla
de la insensibilidad.
-
Si surte efecto el tratamiento - me
decía- es de eso de lo que te vas a quejar, de esa
indolencia. Por eso tiene que ser algo temporal, algo que te permita
pensar y afrontar fríamente alguna decisión y cambio si realmente
es lo que quieres.
¿No
piensas en el suicidio, verdad? Nada de esto sirve para suicidarse.
-
Que no, aún no pienso en el suicidio. El suicido me
parece algo muy complicado, ya te lo dije. Verás, a mi lo que siempre me
pasa es que quiero desaparecer. Cuando siento mucha tensión en un
entorno yo lo que quiero es irme.
Luego
me voy pero no por la tensión. Le doy la mano. Le digo que ha sido
un placer.

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