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lunes, 16 de enero de 2017

Mi psiquiatra, el doctor Barbudo


Ahora ya no tomo las pastillas que me dio el psiquiatra. No estabilizaban mi humor. Se suponía, me decía el doctor, que lo que iba a sentir era cierta indolencia. 

Yo hubiese seguido yendo al psiquiatra, probando otras dosis y medicaciones si el doctor que me atendía no se fuera del centro. Lo que no quería era ser atendida por otro. Yo quería seguir viéndolo a él.

 
Brian Rea


En la primera consulta le expliqué que el motivo de mi depresión era un desgaste anímico producido por un desamor... Y él anotó "Amor obsesivo".
Desde que la psicóloga me recomendó acudir a un psiquiatra me sentí alterada, lloré, visité el mar, llamé a mis antiguos amantes. Lloré cuando le pedí la cita a la médica de cabecera. Lloré cuando recibí la cita en el centro de salud mental. Me entregaron mi tarjeta de visitas y una nota, una cita, con el Dr. Barbudo. Lloré más y reclamé
- ¿Dr. Barbudo? ¿No me puede atender una mujer? Al Dr. Barbudo no lo quiero conocer porque los niños no quieren al hombre del saco...
Luego me calmé y acepté al hombre del saco.
- Vamos a dejarnos llevar por el azar, me dije.
El Dr. Barbudo me hizo esperar en la primera cita. Cuando entré en consulta él estaba de pie sobre la silla. ¿Quizás intentaba cerrar una ventana, miraba la lámpara, espantaba una mosca? Se sentó, habló, me miró, preguntó, anotó y no paró de hablar. En esta primera cita yo me mantuve distante pero estaba fascinada por su conversación. Me parecía tan gracioso e inteligente que me sentí feliz. Preguntaba y anotaba.
- ¿Eres gallega? Disculpa, pensarás que es un prejuicio pero eso tengo que anotarlo: me resulta más difícil diagnosticar una depresión en un gallego que en un africano ¿Piensas en el suicidio?
- No. Leo a suicidas pero no pienso en el suicidio. Yo querría desaparecer. El suicidio me parece algo muy complicado. 

Me pregunta a quien leo y cito a Celan, Pizarnik... Él añade a Silvia Plath.  Le pido por favor que no me sugiera más nombres.
El doctor tiene en la mesa un libro sobre Marilyn Monroe. En algún momento la cita por sus euforias y depresiones extremas.
- Ahora que estás deprimida ¿te sientes menos creativa? Te haremos unos análisis para descartar que tengas algún problema de tiroides que suele manifestar síntomas como los de la depresión.
Me habla, me habla, me habla y yo me siento feliz. Me cuenta que él está cubriendo una baja y que ya no estará allí cuando pase un mes. Me receta Prozac y yo pienso para mí: ¡vaya, Prozac!
Vuelvo a la semana para contarle. Me dice que en tan poco tiempo sólo puedo sentir las contraindicaciones. Los análisis dicen que no tengo problema de tiroides pero tengo anemia y falta de hierro. Yo mismo noto que en esta segunda visita estoy más suelta, más abierta. Él anota: gesticula más. Yo sé que es por la confianza. La consulta vuelve a extenderse en el tiempo y hablamos, de las pastillas, de las combinaciones, de drogas, de artistas, de Ghana, de mi distancia y mi desconfianza. Mira sus notas y pregunta
- ¿Y cómo sigue tu amor obsesivo?
- Se va pasando, claro.
- ¿Has escrito más o menos estos días?
- Bah, yo no escribo, yo sólo quiero dormir.
- Recuerda que esta medicación no sirve para suicidarte pero puede traerte pensamientos suicidas.
Hablábamos y yo me reía y a veces también lloraba un poco. Me encantaba oírle hablar, su cultura, su precisión con las palabras. Sobre todo me gustaba que me hacía reír. Y también llorar.
- Clara, no va a durar toda la vida.
¿No tienes a quien odiar? Temporalmente ayuda.
¿Lo saben tus padres? Verás, yo soy de formación sistémica y le doy importancia a esas cosas.
- Sí, supongo que mis hermanos se lo cuentan
- ¿Porqué no vas a verlos?
-Puede ser peor. Mi madre siempre me dice “No Pienses Tanto”.
- Como si fuera tan fácil ¿verdad? dice él. Es como acercarse a un vagabundo y aconsejarle ¡Hazte rico!
Volví al lunes siguiente y él llegó tarde. En la sala de espera sentí el dolor de los otros locos. Recuerdo que el doctor me dijo: lo que tú tienes para nosotros es un resfriado. También me dijo: ya sabes que aquí sólo estamos para dar pastillas.
Al entrar, el dr. Barbudo grita en la sala. ¡Clara! Vamos! Corre por el pasillo y casi me cuesta seguirlo. Se disculpa al entrar en consulta y enseña el justificante de que ha fallado el metro. Le cuento que mis vecinos dicen haberme salvado la vida por la noche. Me dejé algo al fuego y no me despertaba. Ellos entraron y yo seguí durmiendo. Le digo  que es por la medicación. Él dice que no porque esta medicación quita el sueño.
- ¿Esto sólo es un catarro?
- Sí -dice él- pero duele. 
Indolencia es una palabra que tengo muy presente últimamente, frecuentemente. El psiquiatra la usó. Indolencia. Se aplica a lo que no duele. Habla de la insensibilidad.
- Si surte efecto el tratamiento - me decía- es de eso de lo que te vas a quejar, de esa indolencia. Por eso tiene que ser algo temporal, algo que te permita pensar y afrontar fríamente alguna decisión y cambio si realmente es lo que quieres.
¿No piensas en el suicidio, verdad? Nada de esto sirve para suicidarse.
- Que no, aún no pienso en el suicidio. El suicido me parece algo muy complicado, ya te lo dije. Verás, a mi lo que siempre me pasa es que quiero desaparecer. Cuando siento mucha tensión en un entorno yo lo que quiero es irme.
Luego me voy pero no por la tensión. Le doy la mano. Le digo que ha sido un placer.

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