Era
el mes de noviembre. Ya llovía. Yo me acerqué y le dije: - Hola.
Voy a irme una semana a Berlín y querría dejarte mi casa esos días.
Ella siguió mirándome con sus ojos brillantes, sonriendo, sin cambiar
de expresión. Pero yo sabía que estaba pensando, asimilando el
desconcierto que le provocaba mi invitación. Yo le dije que me
llamaba Clara y ella se presentó como Marta. Le conté que llevaba
tiempo viéndola y que quería ayudarla.
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| Lee Jeffries |
Marta llevaba años en esa esquina. A mí me gustaba su actitud, su
sonrisa amplia, la impresión de calma que transmitía. Me gustaban
los dibujos que siempre hacía con boli azul en una libreta, su
atención a la radio. Me gustaban sus ojos negros, su melena canosa
recogida en el moño, su piel suave a pesar de las inclemencias.
No
sé si ella dijo entonces “Pero eso no es tan fácil” o
si sólo lo dijo cuando vino a casa al cabo de unos días a
desayunar y conocer el lugar. Recuerdo que olvidé avisar al
portero y él subió antes que ella a confirmar que debía dejarla
pasar. Es
verdad que los vagabundos huelen mal y eso se nota más en un lugar
cerrado. Desprendía un olor muy fuerte en
casa pero yo controlé mi desagrado.
Le
invité a Marta a un café con leche y dejé que ella me hablara. Sí le pedí que
confiara en mí. Ella me habló de Argentina y de su llegada a España. Me explicó que tenía
mucho que hacer. Si no pedía no comía y si
dejaba su esquina otro la podía coger. Hablábamos de otras
cosas pero Marta siempre volvía al mismo asunto: ella no
podía abandonar su esquina. Y su ansiedad se disparaba ante la perspectiva de perder el sitio.
Yo
volvía a pedirle que confiara en mí. Ella me pedía que entendiera su
situación. Yo le animaba a soñar con dejar la calle y ella entonces
volvía a hablar de su vida de antes, de sus trabajos en Argentina,
de la crisis y de la mala suerte al llegar. Yo pensaba que Marta sólo necesitaba quitarse ese olor,
arreglarse, disponer de tiempo y ayuda para atravesar el cambio.
Mientras, Marta, se empeñaba en que yo valorase lo que tenía, su
esquina, sus vecinos y vecinas.
Luego
se fue con su carro de la compra que hacía de armario. Se fue y dijo
que lo iba a pensar. Se iba a procesar sus miedos. Yo me puse con los
míos. ¿Y si estaba loca? Me preguntaba yo. ¿Y si luego no lograba
echarla de casa? ¿qué haría con el ordenador? ¿Y si se traía a más
pordioseros a casa?
Pero
no fueron mis resistencias las que boicotearon el plan. Fue Marta la
que lo rechazó. Ella me dijo que sentía no poder quedarse
en mi casa pero no podía ocuparse de tanto.
A
mi vuelta de Berlín yo evité volver a pasar por su calle. Luego me mudé de casa. Nunca la volví a ver.

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