La
miraba con latidos amplios, con pulsaciones que, aunque eran rápidas,
parecían lentas. Se debía a la distancia, a que provenían de un
lejano estar, de un profundo sentir. Ése que los vinculaba, que era
un misterio. Que era absoluto, nuevo y peligroso. Podía ser
peligroso, llegaba a pensar él, porque lo desapropiaba, porque lo
hacía servil. Indefenso, a tu espera, todo, deseo, ven y roba.
Saberse
esclavo de ella ¿Es posible tal intuición? Habría que, para ello,
aceptar que hay destino, que está escrito, que el tiempo todo es ya.
Podríamos,
si no, variar el anuncio: “saberse deseoso y capaz de ser su
esclavo” “saberla capaz de esclavizar”. Eso, que ya es mucho,
es conocerse en el deseo, sentir las fuerzas que se encuentran…
Pero
él y ella aún no se conocen. Él se la encuentra en el súper. Una
vez escuchó su voz y, aunque ya no puede recordarla, sabe que le
gusta. Él no sabe si ella lo ha visto. Menos aún sabe si, de
haberlo visto, se interesa por él. No han compartido mirada. Todavía
no. La mirada de la muerte, se decía él, la dulce y transcendental
muerte. La que le haga dejar de ser para sí, para ya sólo poder ser
a través de ella, por ella, en ella, para ella.
Eso
piensa él con placer.
También
consigue imaginar que sus miradas se cruzan y, la de ella, como quien
cruza ruidos, estorbos u otras muchas cosas que sobran, sólo apura a
pasar, en su indiferencia, hacia otro objetivo deseado, fueran
cerezas o papel higiénico.
No
es lo mismo que no lo vea porque va hacia las cerezas o porque va
hacia el papel higiénico. Las cerezas lo disculpan todo. Y la imagen
de ella corriendo hacia las cerezas serían incluso un regalo, un
dulce aperitivo para él que, así, más deseoso, más locamente
deseoso aún, podría atender paciente hasta el próximo encuentro.
El
desinterés por parte de ella es algo que él no puede soportar. Es
capaz de imaginarlo, como quien imagina unicornios o demonios. Y
puede imaginar que, de ocurrir eso, el hundimiento será inmediato,
absoluto, irrevocable. Es capaz, terriblemente capaz, de temer que el
encuentro con ella sea un destiempo, un desencuentro.
Él
no llega ya a imaginar los encuentros, a quedar en los cuartos, a
compartir camas. Pero sí que mira. Tiene de esas miradas, fuma,
habla poco. Es un soñador.

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