Evitaba mirar al hombre que
iba a la caza de colillas por miedo a que si lo hacía se
estableciera una relación entre ambos. Ocurrió que la relación se
estableció, a su pesar, de alguna manera. Y es que siempre que ella
sube por la calle Salvador, sea a las cuatro menos cuarto o a las
cuatro menos diez o a las cuatro menos cinco, se lo encuentra a una
altura u otra de la calle, bien estirado, tan largo y delgado, que a
cada poco se agacha veloz y recupera una chusta.
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| Joanna Concejo |
Por suerte el hombre recorre
las calles de un barrio chino y por si alguien no lo sabe, los chinos
fuman como chinos, a todas horas, en cualquier parte, con calma y
hasta con desapego. Recuerda ella su infancia, cuando su padre y
todos los padres fumaban. Si alguien encendía un cigarro, ofrecía
por supuesto al grupo. Y casi todos aceptaban, incluso sin ganas pero
por buena costumbre. Entonces la gente tiraba los cigarros a medias e
incluso recién empezados. El precio del tabaco era otro. Se lo podía
permitir cualquiera. Eso piensa ella cuando observa al hombre que
junta colillas. Y piensa que algo de eso, del tiempo de sus padres,
aún conservan los chinos. Que fuman sus paquetes de tabaco chino.
Que tiran los cigarros al suelo. Incluso a medias. Y eso es un vergel
para cualquier espigador. El vergel está en la puerta de esa casa de
apuestas que hace esquina.
Ocurre que una vez esta mujer
viajó a China y allí se sorprendió de cuánto fumaban los chinos,
a todas horas, en todas partes, como chinos. Se fascinó por la
variedad de paquetes de tabaco chino. Supo de la gran producción de
tabaco en China. Incluso vio a dos chinos que tras chocar con
sus motos, se encendieron un cigarro, lo aspiraron y luego -sólo
luego- se pusieron a resolver el percance. Quiso ella guardar esta
imagen para alguna obra de arte. Recordó los westerns, pensó en el
joven Jarmusch, en los films de Kitano y también en los de
Kaurismaki. Fuman a destajo todos. Nunca fuma cuando anda, el
espigador de colillas.
Ocurre que la joven comienza
a encontrarse al colillero en otra esquina del barrio. Ya no
puede evitar su mirada. Entonces él abre mucho los ojos, como para
dar susto o para hacer un saludo ¡Quien sabe! O es que tiene un tic
nervioso. Es algo raro ¡claro! Como ese sombrero fucsia de fantasía que siempre lleva.
Cuando él la mira, ella no
puede más que pensar que ¡otra vez! Que todos los tipos raros
acaban pegándosele y trayéndole problemas. Pero ¿qué es en realidad lo que ella teme? Lo que teme
ella, quizás, es parecerse a él, compartir destino. Teme iniciar un
camino sin retorno a una realidad paralela y, lo peor, perder el
sentido que le devuelva a ésta que, si bien tampoco es perfecta, le
permite ir al trabajo, saludar a las vecinas, comprar de vez en
cuando, viajar a China.
Hubiese querido decirle ¿Qué
quieres? No tenemos de qué hablar. Seguro que te comes palabras, que
dices frases del revés, que intercalas frases del campo, que cantas
jotas y bebes vino de pitarra. Que no, que yo no tengo ná que
ver contigo. Que yo todavía espero ser respetable, mantener un
orden, o hacer el ridículo. Que sí, que me despisto fácilmente,
que sueño siempre y observo hormigas. Pero, caramba, trabajo en la
misma empresa desde hace años y aunque a veces se extrañan de mis
trajes y no me invitan a las cañas, celebran mi orden y hasta se
ríen cuando hablo. Soy una persona querida. Extraña pero querida.
Extraña pero no marginal ¿Comprendes? Y eso es lo que nos
diferencia, lo que abre abismos entre tu y yo ¡caramba! Eso piensa
ella cuando sube por la calle Salvador y va a encontrarse con
el espigador de colillas.

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