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lunes, 24 de abril de 2017

El espigador de colillas



Evitaba mirar al hombre que iba a la caza de colillas por miedo a que si lo hacía se estableciera una relación entre ambos. Ocurrió que la relación se estableció, a su pesar, de alguna manera. Y es que siempre que ella sube por la calle Salvador, sea a las cuatro menos cuarto o a las cuatro menos diez o a las cuatro menos cinco, se lo encuentra a una altura u otra de la calle, bien estirado, tan largo y delgado, que a cada poco se agacha veloz y recupera una chusta.
 
Joanna Concejo

Por suerte el hombre recorre las calles de un barrio chino y por si alguien no lo sabe, los chinos fuman como chinos, a todas horas, en cualquier parte, con calma y hasta con desapego. Recuerda ella su infancia, cuando su padre y todos los padres fumaban. Si alguien encendía un cigarro, ofrecía por supuesto al grupo. Y casi todos aceptaban, incluso sin ganas pero por buena costumbre. Entonces la gente tiraba los cigarros a medias e incluso recién empezados. El precio del tabaco era otro. Se lo podía permitir cualquiera. Eso piensa ella cuando observa al hombre que junta colillas. Y piensa que algo de eso, del tiempo de sus padres, aún conservan los chinos. Que fuman sus paquetes de tabaco chino. Que tiran los cigarros al suelo. Incluso a medias. Y eso es un vergel para cualquier espigador. El vergel está en la puerta de esa casa de apuestas que hace esquina.
Ocurre que una vez esta mujer viajó a China y allí se sorprendió de cuánto fumaban los chinos, a todas horas, en todas partes, como chinos. Se fascinó por la variedad de paquetes de tabaco chino. Supo de la gran producción de tabaco en China. Incluso vio a dos chinos que  tras chocar con sus motos, se encendieron un cigarro, lo aspiraron y luego -sólo luego- se pusieron a resolver el percance. Quiso ella guardar esta imagen para alguna obra de arte. Recordó los westerns, pensó en el joven Jarmusch, en los films de Kitano y también en los de Kaurismaki. Fuman a destajo todos. Nunca fuma cuando anda, el espigador de colillas.
Ocurre que la joven comienza a encontrarse al colillero en otra esquina del barrio. Ya no puede evitar su mirada. Entonces él abre mucho los ojos, como para dar susto o para hacer un saludo ¡Quien sabe! O es que tiene un tic nervioso. Es algo raro ¡claro! Como ese sombrero fucsia de fantasía que siempre lleva.
Cuando él la mira, ella no puede más que pensar que ¡otra vez! Que todos los tipos raros acaban pegándosele y trayéndole problemas. Pero ¿qué es en realidad lo que ella teme? Lo que teme ella, quizás, es parecerse a él, compartir destino. Teme iniciar un camino sin retorno a una realidad paralela y, lo peor, perder el sentido que le devuelva a ésta que, si bien tampoco es perfecta, le permite ir al trabajo, saludar a las vecinas, comprar de vez en cuando, viajar a China.
Hubiese querido decirle ¿Qué quieres? No tenemos de qué hablar. Seguro que te comes palabras, que dices frases del revés, que intercalas frases del campo, que cantas jotas y bebes vino de pitarra. Que no, que yo no tengo ná que ver contigo. Que yo todavía espero ser respetable, mantener un orden, o hacer el ridículo. Que sí, que me despisto fácilmente, que sueño siempre y observo hormigas. Pero, caramba, trabajo en la misma empresa desde hace años y aunque a veces se extrañan de mis trajes y no me invitan a las cañas, celebran mi orden y hasta se ríen cuando hablo. Soy una persona querida. Extraña pero querida. Extraña pero no marginal ¿Comprendes? Y eso es lo que nos diferencia, lo que abre abismos entre tu y yo ¡caramba! Eso piensa ella cuando sube por la calle Salvador y va a  encontrarse con el espigador de colillas.


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